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NO HAY NADA DE MALO EN SER VULNERABLE, SINO TODO LO CONTRARIO

Vivimos en una sociedad que a menudo premia la imagen de perfección, autocontrol y éxito constante. Se nos enseña desde pequeños que ser fuertes es no mostrar debilidad, que las emociones deben ser gestionadas en silencio y que la vulnerabilidad es sinónimo de fragilidad. Sin embargo, esta visión distorsiona profundamente la realidad de lo que significa ser humano.


La vulnerabilidad no es una debilidad. Al contrario, es una de las mayores demostraciones de fortaleza que existen. Ser vulnerable implica mostrarse tal como uno es, sin máscaras ni corazas. Significa tener el coraje de reconocer que no lo sabemos todo, que también sentimos miedo, incertidumbre o tristeza, y que necesitamos, en ocasiones, apoyo y acompañamiento.


Personalmente, reconozco que no siempre me resultó fácil abrazar mi vulnerabilidad. Durante mucho tiempo, por una cuestión de ego o de querer cumplir con expectativas externas, reconozco que hacía lo que me habían enseñado: no me permitía ser vulnerable porque lo identificaba con debilidad, y yo siempre he querido ser fuerte. Pero cuando conseguí interiorizar que ser vulnerable no era fallar, sino liberarme, sentí un impulso enorme hacia el crecimiento y una sensación de libertad. Quitarme ese corsé de perfección y permitirme ser simplemente yo misma se convirtió en una de las habilidades más valiosas que he aprendido.


En el ámbito de la salud, aceptar nuestra vulnerabilidad es un acto de sabiduría. Numerosos estudios confirman que reprimir emociones y aparentar una fortaleza inquebrantable incrementa los niveles de estrés, afecta negativamente al sistema inmunológico y aumenta el riesgo de enfermedades inflamatorias y cardiovasculares. En cambio, quienes son capaces de expresar sus emociones y pedir ayuda cuando la necesitan, muestran una mejor capacidad de recuperación y un mayor bienestar integral.


Desde la perspectiva del crecimiento personal y profesional, la vulnerabilidad es un activo inigualable. Los líderes que reconocen sus errores, que son honestos acerca de sus limitaciones y que permiten que otros vean su lado humano, generan entornos de confianza y compromiso. Las personas que se atreven a ser vulnerables son las que más aprenden, las que se adaptan mejor al cambio y las que establecen relaciones más profundas y significativas.


En el coaching de salud, la vulnerabilidad ocupa un lugar central. No existe transformación real si no existe antes un espacio seguro donde la persona pueda mostrarse como es, sin miedo a ser juzgada. Solo cuando somos capaces de reconocer dónde estamos realmente, qué sentimos, qué nos duele y qué necesitamos, podemos iniciar un camino de cambio genuino y sostenido en el tiempo.


Ser vulnerable no está al alcance de todos. Se necesita valentía para mirarse hacia adentro con honestidad. Se requiere madurez emocional para admitir que no somos invulnerables. Y se necesita mucha fuerza para compartir esa verdad con otros. No es casualidad que las personas que más impactan positivamente en su entorno, ya sea a nivel personal, profesional o social, sean aquellas que se atreven a mostrar su vulnerabilidad con dignidad y respeto hacia sí mismas.


Cultivar la vulnerabilidad consciente es un pilar esencial del crecimiento integral. Aprender a mostrarnos como somos no solo nos abre las puertas al aprendizaje y a la conexión auténtica, sino que también nos acerca a una vida más plena, libre y saludable.


Aceptar nuestra vulnerabilidad es el primer paso para vivir de forma más real, más libre y más sabia. Y, paradójicamente, es ese primer paso el que nos hace verdaderamente fuertes.


Eva Lorenzo
 
 
 

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