La amistad: lo que nunca nos contaron ¿Cuánto de amigo eres de ti mismo?
- Anna Martín

- hace 8 horas
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Cada vez se habla más de que una parte muy importante de nuestra salud tiene que ver con el entorno. Con las personas que nos rodean, con la calidad de nuestras relaciones. De alguna manera, somos también el resultado de los vínculos que construimos a lo largo de la vida.
Hace poco conocí a una chica joven que estaba pasando por un momento bastante complicado. En una conversación le pregunté por sus amigos, por su red de apoyo, y me respondió algo que me dejó pensando: su mejor amiga vivía en Argentina… y nunca se habían visto.
Era una chica que tenía bastantes dificultades para relacionarse, y en ese momento pensé en cómo ha cambiado el paradigma de la amistad.
Antes, para cualquier interacción humana había algo inevitable: dar la cara. Mirar a alguien a los ojos. Atravesar la pequeña incomodidad que siempre supone exponerse frente a otra persona.
Hoy el mundo digital permite algo diferente. Podemos tener cientos o incluso miles de contactos en redes sociales, pero eso no significa necesariamente tener vínculos reales.
La pregunta quizá no sea cuántos amigos tenemos en Instagram o en Facebook, sino algo mucho más sencillo:
¿a cuántas personas podríamos llamar realmente si necesitamos sostén?
Vivimos en un momento curioso. Muchas conexiones, pero a veces muy poca profundidad en los vínculos. Y al mismo tiempo, cada vez más personas hablan de una sensación de soledad.
Yo tengo la suerte de pertenecer a una generación en la que, si querías algo, tenías que ir. Hablar. Preguntar. Estar. Eso te ponía inevitablemente a prueba.
No me considero una persona de grandes pandillas ni de muchos amigos. Mi forma de relacionarme ha sido siempre otra: pocas personas, pero pilares muy fuertes.
Con el tiempo también me he dado cuenta de algo más: para mí la palabra amistad es casi sagrada.
Por eso la utilizo muy pocas veces.
Hay personas que llaman amigos a muchos de sus conocidos, y está bien si así lo sienten. Pero en mi caso no funciona así. Yo no llamo amigo a cualquiera.
Para mí la amistad implica algo muy profundo: confianza, presencia, respeto y la certeza de que ese vínculo está ahí incluso cuando la vida cambia.
Y cuando encuentras a una de esas personas con las que cualquier plan está bien —hablar, reír, llorar o incluso simplemente estar— sientes algo muy difícil de explicar. Hay una especie de magia en ese tipo de vínculo.
Además, nuestro cuerpo también lo reconoce.
Cuando estamos con alguien con quien nos sentimos seguros, escuchados y comprendidos, el sistema nervioso se regula. La tensión baja, la respiración se vuelve más tranquila y el organismo activa mecanismos asociados a la calma y la conexión.
Desde la neurociencia se sabe que las relaciones de confianza favorecen la liberación de oxitocina, una hormona relacionada con el vínculo, la seguridad y el bienestar.
Quizá por eso hay personas con las que simplemente pensar en ellas ya genera una sensación de paz.
También observo algo curioso en el momento actual: cada vez más personas deciden no tener pareja y priorizar la amistad. Prefieren construir redes de amigos antes que una relación de pareja tradicional.
Personalmente creo que lo ideal sería poder tener ambas cosas. Un vínculo de pareja donde la amistad sea fundamental, y al mismo tiempo una red de amigos con quienes compartir la vida.
No tiene por qué ser una cosa o la otra.
Porque si hay algo que la amistad nos enseña es precisamente eso: la posibilidad de relacionarnos desde la libertad, el respeto y la autenticidad.
También ocurre algo curioso cuando pensamos en la amistad.
Si preguntamos a cualquier persona qué espera de un amigo, casi todos diríamos cosas muy parecidas: lealtad, honestidad, alguien que esté en las duras y en las maduras, alguien que no juzgue y que acompañe.
Lo tenemos muy claro cuando hablamos de los demás.
Lo que casi nunca nos han contado es algo diferente: que quizá la verdadera magia de la amistad empieza cuando aprendemos a construir ese poderoso vínculo con nosotros mismos.
Porque, si lo pensamos bien, nos hemos acompañado durante toda la vida. Hemos estado presentes en cada paso del camino.
Pero no siempre hemos sido igual de leales con nosotros mismos.
En los aciertos sí, pero en los errores no tanto.
En lo que salió bien sí, pero en lo que no, muchas veces apareció el juicio, la exigencia o la dureza.
Tal vez por eso una de las grandes oportunidades de la vida sea precisamente esta: empezar a gestar dentro de nosotros esa misma amistad que tanto valoramos cuando la encontramos fuera.
Quizá eso sea, precisamente, lo que nunca nos contaron sobre la amistad.
Y quizá aquí aparece una última reflexión.
A lo largo de la vida encontramos diferentes amistades. Algunas nos acompañan durante muchos años, otras aparecen solo en determinados momentos, algunas son intensas y nos marcan profundamente, y otras se convierten en una presencia constante.
Pero hay algo curioso si lo pensamos bien.
¿Quién más que tú mismo ha caminado contigo durante toda tu vida?
Nadie.
Solo tú has estado presente en cada paso del camino: en las decisiones difíciles, en los momentos de duda, en las caídas y también en las veces que has tenido que levantarte.
¿Te imaginas tener en ti esa mirada amorosa, compasiva y disponible para ti mismo?
¿Te imaginas sentir que eres tu mejor amigo?
Suena casi como algo mágico.
Pero quizá una de las formas más profundas de autocuidado, bienestar y amor tenga precisamente que ver con esto: convertirnos en nuestro mejor amigo.




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